Eran tiempos de transición que una vez mas yo recuerdo entre mis adoquines. Mi calle fue víctima de momentos muy complicados. De repente una estampida de personas corrían desesperadamente, perseguidas por un batallón vestido de gris... No se de donde salían tantas personas pero arrasaban por mis adoquines sin compasión. Lanzaban una especie de pelotas grises que estallaban humo... y era cuando todos los locales cerraban rápidamente sus persianas.
Teníamos una barra de hierro con un gancho colocada siempre en el mismo rincón y servía para que mi padre estirara de la persiana hasta la altura de sus brazos para llevarla con un golpe seco hasta chocar contra el suelo. Con ese ruido desaparecían mis adoquines y la luz de mi calle .....Y esperando la calma, escuchábamos en silencio que todo se tranquilizara para poder de nuevo a abrir.
Estando en el interior de la tienda, al fondo había una verja trasera que te llevaba a una callejuela sin salida. Hablan los que la conocieron, que era una antigua calle que con el paso de los años desapareció, como tantas en aquel barrio...La llamaban la calle de las Coles.....Pero cuando yo la conocí servía de almacén trasero para aquellas tiendas que quisieron conservarla. Otros locales simplemente ampliaron su espacio secuestrandonla. Era un lugar secreto que solo podíamos tener acceso los que la conocíamos.
El suelo también era adoquinado, pero nadie lo cuidaba... Estaba sucio ....Decorada de izquierda a derecha por columnas de cajas de cartón y visitada de tanto en tanto por algún animalito sospechoso. Por supuesto que a mi no me dejaban pasar, pero en alguna ocasión cuando se abría el candado, yo me colaba y exploraba aquel misterioso sitio. Por el lado izquierdo el acceso estaba cerrado con los últimos cementos y un ascensor misterioso del numero 15, tan solo una pequeña linea de luz permitia ver la profundidad de su pasado.
Y tenia el misterioso encanto de lo prohibido , así que cuando aparecia la oportunidad me sumergía por aquel lugar averiguando que había escondido detrás de aquel mundo que yo tanto conocía.
Y cuanto mas me alejaba mas descubría...En una ocasión mis pasos me llevaron a entrar en el almacén de Casa Olivella. El señor Olivella era bajito y siempre vestía traje oscuro y corbata .Se dedicaba a la venta de objetos religiosos. Podías encontrar a San Antonio de Padua en diferentes tamaños; El mas pequeño para poner en la mesita de noche o una figura de la virgen del Carmen para adorar en un altar en el salón. Eran figuras con mirada triste...y las tenia perfectamente expuestas en unas estanterías caobas.
Pero aquella vez no entre por la puerta principal, donde estaba toda la exposición sino salteando varias cajas del almacén trasero. Me picaban los ojos por el serrín, pero no podía perderme esa aventura... Fue entonces cuando me quede mirando en el interior de una de las cajas que estaba abierta y vi como aquellas figuritas que la gente venia a comprar con tanto cariño y respeto, llegaban amontonadas y acolchadas con hilos de paja. Pero cual fue mi sorpresa, cuando observe que todas ellas tenían dos pequeños agujeros paralelos en la nuca . Me quede completamente abducida... Porque tenían esos agujeros? Sin darme cuenta apareció el señor Olivella y me puso la mano en el hombro. Del susto que me dio, pegue un salto y me lo quede mirando... El señor Olivella me pregunto si me gustaban.. y al verme asustada y en silencio quiso dar respuesta a mi dudas... Porque tenían agujeros en la nuca..?
De una caja mas pequeña saco unas bolsas de plástico repletas de unos dorados y relucientes aros y me dijo... Muchas de las figuras que vendo llevan unas aureolas o diademas que reflejan santidad y representan divinidad y realeza. Cuando las expongo para vender les coloco estas aureolas y por eso muchas los tienen...
Pero yo no podía olvidar aquellos dos agujeros tan perfectos en la nuca. Hasta en alguna ocasión intente averiguar si el Sr Olivella también los tenia...
Salí corriendo para mi tienda y al entrar escuche a mis padres que todo había pasado y que podíamos abrir la persiana. ... Fue entonces cuando pise mis adoquines y llegue a la entrada principal de Casa Olivella . En medio de aquel rellano, de derecha a izquierda y detras de los dos grandes escaparates me observaban... Y seguian teniendo la mirada triste...Detrás de la puerta de cristal el señor Olivella me dedico una sonrisa y pude ver en el reflejo el resplandor de su aureola...
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