Recuerdo que el colmado estaba lejos de la tienda.. Aunque ahora cuando paseo por mi calle me sorprende su corta distancia....
Llegando al final y a la izquierda, se abrían las puertas de un colmado que marco mi infancia. El colmado de mi media amiga.
Era un lugar muy peculiar en el barrio, un colmado que solía tener un poquito de todo. Lo imprescindible para la compra diaria del vecindario.
Allí solía ir a buscar cada tarde un bocadillo de queso de agujeros que mi media amiga me preparaba para merendar.
Yo observaba a través de los cristales del mostrador como abría la barra de pan y la untaba con tomate, como dibujaba pequeños círculos con el aceite y dejaba caer la proporción imprescindible de sal; Seguidamente cogía un gran taco de queso gruyere y lo colocaba en una maquina eléctrica cortando unas finas lonchas.. Cada uno de los cortes, se deslizaba por la hoja y salia cuidadosamente por el otro lado del filo de la cuchilla, dibujando unos agujeros perfectos....que colocaba con mucho cariño encima de la miga. Se repetía la escena una y otra vez y yo pegada ante aquel gran vidrio observe durante muchas tardes esa increíble hazaña.
En la entrada siempre estaba el abuelo.Un ancianito de escaso pelo canoso sentado en una escalera de madera de dos escalones. Esa pequeña escalera que era muy útil para alcanzar el papel higiénico de la última estantería de la pared.
No hablaba apenas.. solo observaba la entrada y salida de la gente y en ocasiones dibujaba una sonrisa cuando lo miraba.Era el Sr. Martín
Mi media amiga regentaba el negocio junto a su marido, creo que se llamaba Josep. Era un señor con una gran cabeza y gafas cuadradas de pasta. Se peinaba con la raya al lado dibujando una perfectisima linea recta en su cabello.
Detrás del mostrador había unas escaleritas que bajaban a un pequeño rebost donde almacenaba cajas y cajas sin orden alguno.Recuerdo alineados unos pequeños toneles y un fuerte olor a uva fermentada. A mi ese hedor me resultaba repugnante pero se convirtió en un lugar misterioso y me encantaba. Cuando tenia algún diente a punto de caer iba a ver a mi media amiga y con mucho cuidado me lo estiraba cogiendolo con una de esa servilletas de papel de arroz, esas chiquitinas con cenefa azul.
Era entonces cuando me llevaba a ese lugar y escogía de entre todos los toneles el que estaba marcado con tiza en el frontal el nombre de Moscatel; Giraba el grifo media vuelta y llenaba un vaso minúsculo.
Ese momento era increíble para mi y lo vivía intensamente apurando cada una de las ultimas gotas en mi paladar... luego me envolvía la pequeña pieza en una de esas servilletas y me lo hacia guardar en el bolsillo. Con el paso de los tiempos cuando en alguna ocasión he vuelto a beber moscatel, no puedo evitar trasladarme junto a mi media amiga.
Siempre quedará en mi recuerdo ese colmado.
Por cierto...mi media amiga se llamaba Roser. Ser mi media amiga la convirtió en alguien muy especial....

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