Entrando por la plaza Nueva a mano izquierda presidia la calle el Bar Cervantes. Un gran rotulo perpendicular lo hacia visible desde lejos.
Aprovechando el reducido espacio nacía pegada al mismo vidrio de la entrada una barra que llegaba hasta la mitad del local,dando lugar al fondo a un espacio mas amplio.
Enfrente de ella cuatro pequeñas mesas de pino alineadas a la pared con un par de sillas en cada extremo, dejaban paso a un estrecho pasillo y en fila una linea de taburetes altos con reposapies... Mirando al suelo, un gran surtido de servilletas usadas en forma de bolitas de diferentes tamaños amortiguaban mis pasos.
Desde la calle veía a pepe en constante movimiento detrás de la barra. Era alto, delgado y siempre gesticulaba con los brazos. Vestía camisa de color blanco amarillento y en el lado izquierdo un pequeño bolsillo con perpetuos rallotes azules consecuencia de guardar el bolígrafo tras cada pedido.
Desde mis adoquines yo disfrutaba de aquel espectáculo en silencio pero al empujar aquella puerta de vidrio era cuando un estallido de voces y calor rompía dándonos la bienvenida al Cervantes.
Los Bikinis del Cervantes fueron durante mi niñez el sabor de mis sábados matutinos.
Cuando arrodillada en el taburete conseguía que desde el otro lado de la barra Pepe me prestara atención era cuando siempre le pedía un bikini y un cacaolat ; Entonces gritaba el pedido a la vez que agitaba con garbo la pequeña botella de cristal desprendiendo el chocolate del fondo con tres golpes secos .A continuación del bolsillo del pantalón rescataba una pieza plateada cogida con un hilo y con un rápido juego de muñeca abría la botella y lo servía en aquellos vasos de tubo perfectamente diseñados para ese volumen.
Observaba todo el proceso procurando no perder el equilibrio en el taburete y esperaba impaciente mientras Juanito en la plancha lo preparaba... y al cabo de pocos minutos... allí estaba!! , recién hecho ....con su queso derritiéndose... Entonces con la misma paleta marcaba una linea en diagonal y lo convertia en dos perfectos triángulos que me entregaba cuidadosamente envuelto en una servilleta.
En el Cervantes se aprovechaban todos los segundos , mientras Pepe lavaba unos vasos, preguntaba a nuevos clientes que querían... O gritaba pedidos a la vez que pasaba un trapo por la barra... Era todo un espectáculo verlo trabajar... Yo perseguia todos sus movimientos...
Estando en soledad en mi tienda, desenvolvía lentamente aquel tesoro procurando separar el queso del papel de la servilleta .. Era el momento de comprobar el resultado...
Durante muchos años esta hazaña se convirtió en algo habitual en mi vida, pero llego una mañana que al levantar la persiana vi una enorme maquina derrumbadora de sueños arañando sus paredes y sin darme apenas cuenta arranco con cada piedra un trocito de mi infancia ... Desaparecía el Cervantes.
Durante muchos años esta hazaña se convirtió en algo habitual en mi vida, pero llego una mañana que al levantar la persiana vi una enorme maquina derrumbadora de sueños arañando sus paredes y sin darme apenas cuenta arranco con cada piedra un trocito de mi infancia ... Desaparecía el Cervantes.
Hoy me he parado justo delante de su puerta de vidrio. Desde mis adoquines he observado a Pepe y a Juanito detrás de la barra ... Hubiera entrado a pedirle mi bikini y un cacaolat.. Quizás me esperare al próximo sábado...
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